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La vida en el Monasterio

Aquí vive una comunidad de diecisiete cristianas que hemos recibido una vocación especial para seguir a Cristo con más radicalidad. Con la gracia de Dios, intentamos responder a esta vocación viviendo no para nosotras mismas, sino para manifestar a nuestros hermanos y hermanas de hoy, el rostro de Cristo, pobre, obediente y casto, según el espíritu del evangelio. Nos ha fascinado el estilo de vida del Carmelo y hemos elegido vivir en comunidad para que nuestra entrega a Dios sea más plena y totalizante.

La jornada del Monasterio empieza a las 6 de la mañana, cuando toca la campana para despertar a la comunidad, y concluye a las 22,15 después del rezo de Completas, cuando todas nos retiramos a nuestras celdas.

A las 6,35 estamos ya en la capilla del monasterio y comenzamos la jornada de oración, a la que la Iglesia nos exhorta para ofrecer continuamente a Dios, por medio de Jesús, un sacrificio de alabanza. Durante el día nos reunimos diversas veces en esta capilla para la celebración de la Liturgia de las Horas y para la Eucaristía. En estas celebraciones, Cristo está presente en medio de nosotras, en la Palabra de Dios que se proclama y cuando junto con la Iglesia universal, suplicamos y cantamos salmos.

El día transcurre con un ritmo alternado de oración personal y litúrgica, de trabajo manual silencioso y de momentos de encuentro fraterno, alegre y distendido.

El trabajo, realizado sin afán de lucro sino para cubrir las necesidades más básicas, (actualmente tenemos un taller de cerámica), junto con la austeridad de vida, la pobreza y la comunión de bienes, son valores integrantes de nuestra vida contemplativa.

La vocación carmelita que cada una ha recibido personalmente, nos reúne formando una verdadera fraternidad a semejanza de la comunión de Dios Trinidad. Esta fraternidad nos ayuda a la plena maduración personal y a intentar ser, cada día más, un solo corazón y una sola alma, donde reine la verdadera alegría y la paz del corazón. Toda persona humana necesita relacionarse con los demás para crecer y madurar como persona, para conocer los valores que posee cuando los pone al servicio de los demás. Por todo esto, la relación fraterna es para nosotras un elemento imprescindible.

Tal como dice el salmo, «la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término», el que es Santo, hace partícipes de este don a sus siervos fieles. Las crónicas del monasterio nos relatan el recuerdo de hermanas favorecidas con gracias especiales de oración y de virtudes profundas de humildad y de amor al prójimo, que dan testimonio de la misteriosa fecundidad apostólica de la vida escondida en el claustro.

Desde el clima de silencio y de soledad, de amor y fraternidad, de presencia de Dios e intimidad con él, llevamos en el corazón y le presentamos los gozos y las esperanzas, las tristezas y sufrimientos de los hombres y mujeres de hoy, para que Dios, en su divina misericordia derrame sobre ellos su gracia salvadora.

Las carmelitas tenemos el carisma peculiar de vivir en obsequio de Jesucristo al calor maternal de María.

En todos los Carmelos preside la imagen de Ntra. Señora del Carmen, que nos une a Dios y entre nosotras para vivir, dentro de nuestra fragilidad, imitando la vida interior de María, nuestra entrega a la oración, a la acción de gracias, a la alabanza y a la intercesión por todos nuestros hermanos que viven en el mundo.

La imagen perfecta de lo que queremos ser las carmelitas la vemos reflejada en la vida de María y también en la del profeta Elías. Él vivió con una fe profunda la realidad de la presencia de Dios en su vida, y el hecho de que toda persona humana encuentra en Dios su principio y su fin. Los testimonios que la Sagrada Escritura nos ofrece de Elías alimentan la espiritualidad carmelita: «Estoy lleno de celo por Ti, Señor, Dios mío» y «Vive Dios en la presencia del cual estoy». De Elías hemos heredado el celo ardiente de vivir en la presencia de Dios y de dar testimonio de él en medio de un mundo secularizado.

Monasterio de La Encarnación



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